No se si me quiero casar contigo Vol. II

A este príncipe me lo topé en la facultad de arquitectura de la UNAM. Educado en el Liceo Franco Mexicano de la Ciudad de México. Desde el día uno, hice lo imposible por que se fijara en mí, con decirles que fui a pedirle al adjunto de la profesora que lo pusiera en mi equipo. Evidentemente nos hicimos amigos. Después de varias “repentinas” y concursos un día me invitó a hacer “rappel” a las Cascadas de las Granadas en el estado de Morelos. El plan era ir con sus amigos a “rapelear” y después pasar el fin de semana en casa de uno de sus amigos en el lago de Tequesquitengo… ¡Siete años después etabamos comprometidos!

Había pensado explicar toda la historia de amor pero creo que de amor no tuvo nada y solamente fue una historia. Como cualquier historia tuvo un principio, una trama, un desenlace y una final. Hace ahora casi diez años que se acabó y no deja de maravillarme que después de tanto tiempo lo único que me provoca es escribir lo bien que sobreviví a la ruptura de mi compromiso.


En primer lugar, creo que el momento en el que se rompio el compromiso comenzó mi vida de adulta. Lo que pudo ser una tragedia, ya que no lo voy a negar en la sociedad mexicana que se rompa un compromiso, en cualquier circunstancia es viso como tal, pero lo es más aun si es el novio el que lo rompe como fue mi caso. Afortunadamente, esta historia no tuvo cotización en el mercado del chisme social el día que llego a su fin, ya que lo hizo sin visperas de segundas partes.

La parte ofendida, o sea la que escribe, decidio llorar una semana, que es lo que tradicionalmente se le llora a los muertos. Aunque esta actitud pueda parecer una forma macabra de asimilar una nueva condicion social o la inexistencia de tal, me pareció que debido a la gravedad de las circunstancias había que “matar” al personaje aunque fuese de foma simbólica. Bueno, creo que no vale la pena echar a perder la vida por un corazón roto, así que lo maté no como en ese momento me hubiese gustado de forma lenta y dolorosa, sino que encontré la respuesta como en todas las crisis de mi vida en la antropología y decidí que lo mejor era “matarlo de forma simbólica”.

Esto de la “muerte simbólica”, se me ocurrio recordando como en las religiones afrocubanas una de las formas de castigo es convertir al infractor en un zombi. Con esto en mente, decidi que si un zombie es en realidad un infractor social y por lo tanto esta condenado a vagar muerto entre los vivos, alguien que falta a su palabra era sin dudarlo un infractor social. Esta forma de castigo, es fascinante cuando se extrapola a la sociedad actual, aunque la gente te mira un poco raro cuando les explicas que consiste en actuar como si el infractor estuviera de verdad muerto. Esto es: de los muertos no se habla por que resucitan. Si alguna vez has visto la película “Pet Cemetery” o has leído el Nuevo Testamento sabrás que los resucitados nunca lo hacen en su antigua forma y magnitud.

Por lo tanto establecí una serie de reglas para tratar al muerto:

  1. No hablarás del muerto.
  2. Trátalo como muerto: Si lo llegas a ver, habrás de tratarlo como si hubieras visto un aparecido. En un primer momento te sobresaltas, pero después te acuerdas de que los fantasmas no existen y te convences de que solamente ha sido un “dejá vu”.
  3. Los bienes materiales: En cuanto a los efectos personales del zombi o los regalos que te dio, lo que yo recomiendo es que realices un ritual purificador. El más efectivo es siempre realizar una limpia de fuego con los efectos que recuerden al infractor.

Todo esto tiene como finalidad evitar el recuerdo del infractor, ya sea a través de terceros o por medio de objetos a los que en el pasado se les hubiera podido atribuir cualidades mágicas como su olor en un suéter , un ramo de rosas secas o las fotografías de las últimas vaciones juntos.

Para alguien que no este inmerso en la cultura mexicana, una sociedad en la cual todavía quedan reminiscencias de costumbres del diecinueve como el que la novia se case virgen, que no duerma en la misma habitación aunque el tipo en cuestión sea su prometido o que seguir soltera a los treinta sea una considerada casi como una solterona. Todos estos rituales pueden parecer primitivos, pero creedme cuando digo que la sociedad mexicana entre otras cosas funciona así y nadie sabe por que.

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